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Histoires globales, voix locales

|| Love Better S2

Un amor recobrado

Por Vivian Lofiego

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Antes de enamorarnos de un hombre o una mujer, ¿no nos enamoramos del amor?

“Pero el amor, esa palabra... Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses)me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado...”

Estas palabras maravillosas son de Julio Cortázar, el hombre que creía en el amor. Me subyugará por siempre a través de las páginas de su novela, Rayuela.Con ella armó “su puente” entre París y Buenos Aires. En esta historia la Maga y Horacio, dos seres erráticos, recorren una ciudad envuelta en el deseo. A través de ese delicado tul, caprichoso e incompleto, a través de esa falta que moviliza, que propulsa, que estimula. Desiderium (esperar a que las estrellas nos traigan) es la etimología de deseo. Por este laberinto transitan la Maga y Horacio. Y también nosotros. Desiderium (esperar a que las estrellas nos traigan) es la etimología de deseo. Por este laberinto transitan la Maga y Horacio. Y también nosotros.

El Paris de Rayuela era una fiesta. París era ingenio, era creatividad. París era un escudo a la muerte. En 1963 se publicó la novela que el escritor argentino escribió en Francia. Formó parte del famoso “boom latinoamericano”. Yo nací más tarde, y en la adolescencia cuando buscaba definiciones sobre el amor, descartaba el romanticismo de Alfonsina (Storni); el deseo de venganza de Alejandra- el personaje de “Sobre héroes y tumbas” de Sábato; lo mortífero y a la vez sublime de Alejandra Pizarnik; y quien quedaba dando vueltas era Cortázar y su banquete, al mejor estilo del de Platón. Su festín delicioso e irreverente me abría la imaginación hacia los amores, como pregonaban los surrealistas: L’amour fou. Había encontrado el amor, al menos en mi pensamiento, en mi corazón de idealista y de chica “rara” en una sociedad que se vanagloriaba de post-modernista, pero en la cual aún los cadáveres de los muertos por la dictadura sangrienta seguían aflorando de las aguas de los ríos y los mares.

Rara, porque silenciosa, tímida, poco vanidosa, y porque era tan delgada que en la escuela me llamaban Twiggy por la modelo inglesa. A los chicos argentinos les gustaba otro estilo, al cual yo no pertenecería nunca. Igual me enamoré de uno de ellos. Años más tarde me desilusionó – no todas las personas llegan a adultas con el alma entera- pero en aquel entonces fue mi héroe porque lo habían enrolado para ir a la guerra de las Malvinas. Romántica, corría por las iglesias de Buenos Aires, pidiendo que no le pasara nada irremediable. El chico recibía mis cartas que eran las cartas de amor de una escritora en ciernes, una suerte de Jo March, la heroína de May Alcott, enamorada del amor. Y aunque no llegó al campo de batalla, las cartas le dieron un sentido a su existencia, y los silbidos de las balas se le hicieron musicales.

Los años pasaron, pocos, y me encontré casada en París. Estaba a mi manera armando el puente de Cortázar. Y poco a poco me fui enamorando de Francia. Un amor que me costó muchas lágrimas y un primer divorcio. Durante cuatro años yo solo quería estar en aquellas calles rotas, en aquel lugar familiar que poco a poco se fue desdibujando y me fue permitiendo abrir los ojos a un nuevo horizonte. Anhelaba el paisaje de la niñez, esa Ítaca pobre del gran poeta alejandrino Kavafis, la misma que me había enseñado a dar mis primeros pasos, mis primeras lecturas. El incondicional amor a los míos, el primer amor por el chico que se sentaba a mi lado. Teníamos cinco años, me llamaba : la nena linda. Me hacía la tarea cuando llegaba agitada de casa, alborotada por algún perro callejero, o mendigo a quienes quería imponer a mis padres para que les dieran albergue… La mancha oscura llegó con el divorcio de ellos. Hubo mucho silencio y pena. Luego con la dictadura militar. Todo empezó a estar prohibido. Yo amaba mis libros. Y que me hayan escondido, El principito me parecía una locura. Que me dijeran mil veces antes de salir de casa: - no vayas a hablar con nadie. Estate muda. Me causaba dolor de estómago.

Lo siniestro se apoderó de mi infancia. Los murmullos de los adultos, las desapariciones de amigos de la familia, el primo hermano de mamá escondido en el sótano de casa. La represión invadió nuestra vida cotidiana. Allí empecé a querer ser detective. Me anoté en un curso por correspondencia. El nivel era desastroso, pero como yo era muy chica, me creía que sería capaz de descubrir al monstruo que oprimía tanto en mi casa, en el barrio y en el país.

Volvamos a París. Ver la luz duele; duele mucho. Tuve que aprender a ver de nuevo y a llenar los ojos de belleza sin caer en el vacío de lo perfecto. De aquello que no tiene secretos o historia para uno. Tuve que aprender que uno se va haciendo amiga de esos lugares, de esos banquitos de una plaza, de esos cafés donde se tiene una mesa y un mozo preferido, de esos edificios en los cuales alguna vez latió fuerte el corazón: una primera cita de amor. O donde vivió alguien que marcó nuestras vidas por todo aquello que nos dejó.

Pasaba delante del Pont des Arts, el mítico puente de la Maga y Horacio, y lo increpaba a Cortázar. Me preguntaba, cómo hicieron, por qué a mí me toca otra época menos lúdica - pese a que siempre y no sé cómo- el amor triunfa. ¿ Pasión, dijo pasión? Apolo y Dionisio van más juntos de lo que uno cree. París tiene la facultad de permitir que las piezas del rompecabezas encuentren unidad.

En mis largas caminatas por París, cuando no estoy corriendo, me convierto en una flaneuse. Me siento detrás de la cour carrée del Louvre. Desde una ventana se ve a la Venus de Milo, o Afrodita. La escultura es de la antigua Grecia. En medio del patio de cemento de impecable geometría asoma este monumento a la diosa del amor. Casi como en un cadáver exquisito, una tarde lancé una pregunta al aire: ¿Por qué París? Y al elevar mis ojos encontré a Venus-Afrodita detrás de la ventana. Algo en mí se llenó de gracia, ese sentimiento invisible y poderoso que nos rocía de suavidad, que nos hace mirar lo que nos rodea con la más profunda benevolencia.

En la gran película de Sorrentino, “La grande bellezza”, una artista de Body art que podría ser un doble de Marina Abramović, protagoniza una performance. En esta escena la mujer vestida solo con un tul (debajo está desnuda) se golpea la cabeza diciendo: No te amo. No te amo. Ella sangra, y ese tul níveo se transforma en un sudario. El dolor de Dioniso, la furia frente a la constatación, ya no te amo. Caen las murallas. El público aplaude emocionado frente a la representación.

Una escena que quedó suelta, que no forma parte de la película, pero que sin embargo constituye una obra de arte, es el encuentro entre Fanny Ardant y el protagonista de la película, Toni Servillo, quien interpreta a Jep Gambardella. Ardant está caminando por una hermosa calle romana, es de noche, unos farolitos iluminan la silueta de la bella. Ambos se cruzan y Gambardella se detiene y le dice:

– Madame Ardant, perdóneme.

– Lo perdono.

¿Me permite decirle algo un poco audaz?

– Es lo mejor

– Cuando la vi, en La Femme d'à côté.Me enamoré locamente de usted.

– ¿Le puedo responder con algo audaz? (Responde Fanny Ardant, visiblemente conmovida)

Naturalmente.

– Yo habría querido ser " La Femme d'à côté..

¿Por qué?

– Para morir de amor.

La escena finaliza con una sonrisa cómplice entre los dos grandes actores. Morir de amor. Lema tan querido en el romanticismo. ¿Muere alguien por amor en un siglo condenado a perder todos sus rituales? El amor parecería funcionar a la carta. Meetic, Face, Tinder, y tantas otras son las propuestas hoy para encontrar a Romeo y/o Julieta. A veces da resultados, es cierto. Pero qué sucede en el alma – porque sigue vigente pese a tanta practicidad tecnológica- qué sucede con las desilusiones de esas citas a ciegas donde hay que ir preparado para gustar, conquistar, seducir, competir con cientos de otras imágenes. ¿No es demasiada exigencia? La neurociencia nos explica que el amor está alojado en el cerebro y que cuando nos enamoramos se activan doce áreas cerebrales para liberar nuestros químicos. ¿Será posible que en estas citas programadas, donde se muestra el mejor lado de sí, donde no hay accidentes, se provoque esta alquimia? ¿Podríamos imaginar que el azar está en los pasillos tecnológicos? ¿Qué nuestro gran amor anda deambulando como Eros, buscando a Psiqué? Solo puedo plantear la pregunta y pasar por desconfiada como la mismísima Psiqué llena de interrogantes.

Edith Wharton en: “La edad de la inocencia”, novela publicada en 1920, nos retrata a personajes que están constreñidos por reglas sociales estrictas, propias a la aristocracia neoyorkina del fin del siglo XIX.

Archer es un joven que está prometido con una chica de una acaudalada familia. Sumisa (en apariencia y en verdad gran manipuladora) está educada para controlar sus sentimientos. De paso, domina de maravillas los sentimientos de Archer y los de su prima la condesa Olenska. Olenska es libre, huye de Europa y de su abusivo marido. Olenska y Archer se enamoran. “La inocente” Ellen, quien en realidad nada tiene de crédula, teje la trama perfecta y la vida se transforma en un larguísimo desencuentro entre ambos amantes. Olenska deberá acatar la pacata sociedad en la que se refugia, hasta que regresa a Europa, a París, donde vive encerrada en un hermoso departamento. Cuando queda viudo, Archer decide ir a verla. Pero una vez más y pese a sus canas y manos temblorosas es incapaz de vencer a las convenciones sociales. Había decidido ir a buscarla pero se queda mirando la ventana, con la mirada baja. El amor no es cobarde querido Archer…

Y allí en la preciosa plaza de Furstenberg, detrás de la iglesia de Saint Germain de Près, Archer sucumbe. ¿Y las futuras generaciones? ¿Qué podrán decir? Imaginamos a la aún bella Olenska, mirando a través de la ventana, digna y resignada frente a la cobardía del hombre que amó. Wharton eligió el final que corresponde a una época pacata, atada a convenciones. Pero, como el amor existe desde que el primer hombre y la primera mujer se sintieron atraídos, más allá de la continuación de la especie. La historia nos ha dejado a Eloisa y Abelardo, quienes en plena Edad Media desafiaron a la iglesia, la sociedad y las familias. ¿Leyeron sus cartas? Es la Francia del siglo XII. Eloísa, bellísima dama, hablaba tres lenguas (hebreo, latín y griego) como era huérfana estaba a cargo de su tío. Abelardo vino a completar las enseñanzas de la hermosa dama. El amor fue surgiendo a través de los textos, las lecturas, las miradas. El deseo se apoderó de ellos contra todo castigo. Un profesor debía guardar celibato. Los amores estaban prohibidos. La historia secreta circuló por todo París, ustedes conocen parte del final de este encuentro. A Abelardo unos sicarios- enviados por el tío de Eloisa- le amputan los genitales. Ambos decidieron tomar los votos hasta el final de sus vidas, las cartas duraron hasta el final.

Vuelvo al siglo XX, a Lacan y a sus postulados: “Tú no eres tú, sino lo que deseo de ti”. Che vuoi? ¿Qué me quiere? ¿Qué quiere el otro? El sujeto tiene su encuentro- siempre contingente- con el deseo del otro. Más allá de lo que el Otro pide. Más allá del silencio, ¿qué quiere? ¿qué me quiere?

Frente a tamaño misterio, me da vueltas este poema de Borges. El poeta a quien siempre convoco en medio de mis incertidumbres. El lo vio de este modo en 1972 en El oro de los tigres.

 

El amenazado 

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Y si, el amor “esa palabra” – como dice Horacio en Rayuela- sigue siendo nuestro santo grial, nuestra salvación, nuestra perdición, nuestra posibilidad de conjugar un verbo al infinito. Poder decir: Mi vida comienza contigo, je m’en fous du passé. Es uno de los grandes momentos de la existencia.

Tal vez volver al amor - sea cual sea su forma - es volver a re encontranos con nuestra otra mitad separada en la noche de los tiempos por el capricho de algún dios.

No te pierdes los próximos frictions...!

Sobre el autor

Vivian Lofiego
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Vivian Lofiego es una escritora y traductora franco-argentina. Vive en Buenos Aires. Sus últimas publicaciones: La sangre de las mariposas (novela). La Vie secrète. Os de seiche (poesía). Denis Salas, Albert Camus : la juste révolte. (traducción).