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Histoires globales, voix locales

Por Claudio Antonio Quiroga Broggi

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Individuos de otro planeta intentan comprender qué llevó al colapso de la humanidad en la Tierra.

“Die Wahrheit ist, was mit der Lüge getan werden kann”

“La verdad es aquello que se puede hacer con la mentira”

(Peter Sloterdijk)

La nave descendió y el planeta lucia desierto. 

‒¿Hallaron señales de vida inteligente? ‒preguntó Xilión, el comandante de la nave intergaláctica a Pherea, jefa de la patrulla exploradora.

‒Nada. Sólo fauna y mucha vegetación. Si, muchos signos de su extinción. Aquí, por ejemplo, algo hemos descifrado de un escrito de marzo de 2020, uno de los tantos sobre el tema.

Pherea comenzó a leer:

Los pulmones de la tierra necesitaban respirar. Un día, de repente, el mundo se paró y entonces la tierra comenzó a respirar aire puro… La naturaleza es tan mágica, que ella misma está limpiándose del mal que hicimos…

‒Y sigue. Es muy largo ‒ Pherea detuvo su lectura y resumió.

‒Suena a eso de que “no hay mal que por bien no venga”. Que del mal se extraen cosas buenas… que solo se trata de “administrar bien el mal”. ¡Hum...! es una idea extraña: la economía, ya no “la ciencia de lo escaso”, sino de lo malo… del mal.

Todo indica que, por una epidemia, impusieron una cuarentena global.

Lejos estaban de saber los exploradores, que esa casi una prisión domiciliaria se extendió por años, que descuidados otros aspectos de la vida social, desplomada la economía…agotados los stocks, en un punto límite, el colapso fue irremediable. 

Sucedió al mediodía, en la red de energía de la llamadaUCTE — Región Síncrona de Europa Continental, y se propagó en un arco meridiano con el giro del planeta. Una falla en una línea de 500kV provocó una inestabilidad dinámica y la desconexión de la central nuclear de Gravelines, la mayor de Francia. El sistema, que debería haber restablecido el equilibrio, desconectando automáticamente una demanda semejante a la generación perdida, no actuó y no hubo nadie para hacerlo manualmente. En cadena cayeron las centrales nucleares de Paluel, Cattenom en Francia, una a una las de Alemania, España, Bélgica, Italia… las de cualquier tipo… las británicas, las nórdicas… todas como castillos de arena frente a una ola impiadosa. Sobrepasadas por el desequilibrio, todas las redes de energía se desconectaron automáticamente provocando el mayor apagón de la historia… 

Sería el último.

Con él, colapsó todo aquello sustentado en las IT: comunicaciones, transporte, industria, servicios... Sin energía, sin “su sangre”, la vida social se detuvo, extendiéndose como una mancha negra a todo el planeta.

En ese estado, en Buenos Aires, Juan abandonó el encierro y en medio de la penumbra, no encontró nada para los suyos. Volvió a su casa. En la puerta sintió mareos pero no llegó a abrir. Cayó… Sin ayuda, en dos horas estaba muerto.

En Pekín salió Quiang. Desafió a los guardias que vigilaban el entorno. Parecían dormidos. Eso pensó Quiang, pero estaban muertos. Volvió y se repitió en él lo de Juan.

En Madrid salió Pedro… en París Ivonne… en Londres George y a todos les sucedió lo mismo. De cada casa del mundial encierro alguien lo intentó… de cada punto del globo, alguien desesperado. Aquel que logró volver y entrar, provocó una catástrofe. En horas todos estaban muertos.

Así, tras un caos global ‘el planeta respiró’. Entre las ruinas sólo pululaban insectos, perros, gatos y fauna silvestre. 

Autoextinguido el humano, sólo imperaba la inexorable marcha del drama entrópico hacia el equilibrio absoluto: el fin.

‒¿Qué les pudo haber sucedido? ‒preguntó el comandante al profesor Inin Zohar, virólogo experto. 

‒Creo saberlo ‒respondió éste. Simple, se aislaron y se inadaptaron al ambiente. Tomaron medidas extremas cuando la inmensa mayoría no presentaba síntomas y no contaban con un método diagnóstico certero. Grave error: así detuvieron el mecanismo inmunológico que renovaba sus defensas… hasta la inmunidad y vacunas que ya tenían, dejaron de servirles. 

‒El ciclo un de virus ‒continuó el experto‒ es de adaptación continua. En breve lapso muta y perdura aquella variante que sobrevive al cambio. De éste, como de todos. Un virus no muta por voluntad, no es una voluntariedad inteligente. ¿O alguien puede pensar que un virus sabe lo que hace?

Es fruto de la no linealidad, de lo que llamaban “caos creativo”. Tampoco es vida, aunque se le parezca en ese misterioso intento de ciertos complejos moleculares de ir en contra del flujo entrópico que nos señala, como una flecha, a todos el final. 

La adaptación al humano le requería años; enfermarse naturalmente o con una inducción artificial: una vacuna. Adquirir y calibrar sus defensas, porque podía morir por falta o sobre reacción de éstas. Para cualquier ser desarrollado en una burbuja, abandonarla sería sucumbir.

‒Qué pena. Quizás, mudos otros poderes del Estado, sus líderes sin control, enamorados de un poder casi afrodisíaco, no entendieron que este virus y todos los existentes, seguirían. Tampoco, que la economía no es independiente de la salud: es el latido de una sociedad viva, la prueba rotunda de su vitalidad. Nadie cuerdo detiene el flujo de la sangre para frenar a un virus en un organismo. La gangrena comenzaría en los débiles capilares hasta abarcarlo todo.

‒Desciframos de un mural algo que dice: "Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte - Almafuerte". ‒ recordó Pherea y agregó ‒ Lindo, pero solo es un verso sobre la esperanza humana.

‒Así es Pherea ‒ asintió el profesor‒. La muerte, en cualquier circunstancia, es un proceso. Corto en ciertos casos, como aquel por un disparo en el corazón, pero siempre es un proceso en la estructura orgánica, hasta el cese de todas las funciones que sostienen la vida.

‒Esto ‒continuó el experto‒ trasladado a la construcción conjunta de esta gente, esta sociedad comenzó a morir inexorablemente con un primer paso fatalmente erróneo. Como aquel que da alguien al borde de un precipicio, aunque en la caída sienta que vuela, desde todas las probabilidades es un hombre muerto.

‒¿El paso errado… Pherea…? ¿Cuál…? ‒pregunto el comandante‒ ‘Exploración’ hace tiempo que seguía a la Civilización Humana…

‒No sé qué decir ‒ dudo la Jefa‒ No debieron fiarse en ciertas frases hechas, “refranes” le llamaban ellos. No fundar razones ni decidir en función de ellos. Son falsos o al menos, dudosos. Ya lo dije con aquel de “no hay mal que por bien no venga”. A quien se oponía a esta locura se lo denostaba con aquello de que“no hay peor ciego que el que no quiere ver”.Sabemos del complejo proceso implicado en el “ver”, más cuando para un idea hegemónica “ver es lo mismo que creer”… Parece que muchos llegaron al extremo “de ver lo que creían” y cuando se les decían “están errados”, respondían: “es mi verdad”. No existe en nosotros tal cosa. Existe si, aquello de “mi punto de vista” y si es mío no tengo porque imponérselos a otros.

‒Lo del virus fue un pretexto‒preguntó el Comandante. 

‒No necesariamente. Creo que este virus llegó cuando la política, como un medio para la conquista del poder, casi sin excepciones, se había transformado en una “religión laica” basada en algo como: “Lo pienso ‘yo’, luego existe”… Aunque para no caer en el solipsismo decían: “Si lo pensamos todos, entonces existe”.

‒Pero ¿cuál es ese pensamiento de todos se preguntarán…? Simple: “el sentido común” era la respuesta. Aquel que no estaba dentro del grupo de “los sentido-común pensantes” debía ser iluminado por militantes, soldados civiles, preparados para la conquista “del sentido común” , o puesto en la vereda contraria en el campo de los irrecuperables, el del enemigo común que daba sentido a la unidad el grupo‒… La experta casi no respiraba. 

 

‒La palabra, como creación del pensamiento, significante de una idea, fue la herramienta. Se hizo cambiante, en movimiento según circunstancias, siempre actual, deviniendo cierta, verdad en sucesión continua… artilugio central del marketing político.

‒¿Qué o cuál verdad ‒ fue la pregunta en coro de los reunidos en la sala.

‒¡La nuestra, la del sentido común…! ‒ respondían.

‒¿Cómo, con que medios lo lograron, si es que este triste final es un logro…?

‒Con los legales del “viejo mundo” que se estaba cayendo pero “se resistía”. Por lo que descartaron el consenso y apelaron a la coerción; decían: “como el centauro, mitad humano mitad animal, en la medida justa y adecuada.”

‒¿Pero eso fue legitimo Pherea ? ‒ fue la siguiente pregunta.

‒No, pero fue legal. La pandemia sirvió de justificación para hacer legal lo ilegítimo. ‒ concluyó la experta.

‒¿Algo que agregar Profesor...?

‒ ¡Una locura Comandante…! El triunfo del humano era con todos en su medio, aun rodeado de virus. No era sólo, era con los otros y debía lograrlo así. Así llegó hasta aquí él y no los saurios. Por el pánico a morir dejaron de vivir.

Vea este informe del 2018 que halló Pherea. Es oficial de la OMS y se repite años anteriores: aquí, con 44 millones de habitantes, morían casi 29 mil por mes, de ellos, unos 9 mil por infecciones respiratorias y desconocidas. En Francia con 68 millones de habitantes, morían más de 50 mil por mes, unos 15 mil por infecciones respiratorias.

En otra nación gigante llamada India, con más de 1.350 millones habitantes, morían casi 1 millón al mes y de ellos unas 270 mil por infecciones respiratorias. Era lo normal. 

‒Ya ve, pocas veces el miedo no es tonto. Pero muchas es el arma del opresor.

‒¿La lección…? Cualquier estrategia epidemiológica supone enfrentarse al mal, no una espera escondidos. Es cierto que esta gente, con los medios de transporte logrados, aceleró todo. El tiempo, la pausa necesaria para la creación, desapareció. Hicieron de los cinco continentes uno solo, no virtualmente, lo hicieron cierto. No había más océanos entre ellos. Viajaban como ciudadanos del mundo, un día aquí, otro allá, de a miles.

La tasa de contacto debió ser enorme. También, los medios de información dando cifras de muertos como si fuera la temperatura, hicieron al miedo global. Así, tenían apenas días para una cura. Adaptarse no era aislarse, eso era útil para ganar tiempo. El humano debía sobrevivir aun para el virus. 

Virus en un muerto es virus muerto. De éste sobreviviría aquella variante inofensiva, adaptada a alguien decidido a jugarse todo en el eterno juego presa-depredador. Seguramente cada humano, hizo todo lo que estaba en sus manos, pero nadie hizo lo necesario‒ Fue la conclusión del científico.

‒Muy claro profesor…¡Triste historia…!

Justo cuando un rebaño de ciervos perseguidos por una manada de leones corría a refugiarse bajo la nave y un águila se elevaba vertical con un caniche en sus garras, el comandante ordenó partir.

‒Piloto Exmirt, rumbo XT-10011, hacia la galaxia NG224, Andrómeda como la llamaba esta gente. Ahora este planeta respirará tranquilo como muchos lo pedían. Será por unos eones, hasta que el Sol lo abrace en su hoguera final para no morir solo.

El comandante giró por última vez la vista hacia el ya diminuto globo azul que se le achicaba lentamente, hasta desaparecer cual mota de polvo en la inmensidad del Cosmos.

En ese instante, el último humano creyó despertar sólo para advertir, como Tzinacan el hechicero de la Pirámide de Qaholon, del cuento de Borgesque sus sueños estaban encadenados. Que desandarlos, le requeriría volver a aquella noche de la primera pesadilla, al comienzo de la fatal cuarentena. Horrorizado, se dio cuenta que no le alcanzaría su existencia…

‒¡No me sepultarán en vida…! ¡No lo lograrán…!, fue su alarido desesperante. 

Y ahí él lo supo todo: de alfa a omega, lo que es, lo que fue y lo que será. ¡Lo incontable, las catorce palabras mágicas, la clave, mientras triunfal se elevaba hacia aquel amoroso resplandor que lo acogía en llamas…!»

Fue una explosión… Su corazón saltó y ahí la vio. En contraluz del ventanal estaba su esposa inquieta.

‒Ya son la 10:00 Carlos. Dicen por radio que siguen todas las restricciones… ¡Ah…! ‒exclamó ella alarmada‒ también que, hace un momento… 15:00 CET, salió de servicio la central nuclear más grande de Francia y ya media Europa está sin energía.

Un escalofrío le traspasó a él su cuerpo, mientras ella abría la ventana de par en par con el sol brillando en sus cabellos agitados por la brisa de la mañana.

No te pierdes los próximos frictions...!

Sobre el autor

Claudio Antonio Quiroga Broggi
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Claudio Antonio Quiroga Broggi est né et a grandi à Villa Mercedes, dans la province de San Luis en Argentine. Il vit à Buenos Aires où il a fait carrière dans les domaines de l'informatique et des énergies.

Dix de ses sonnets sont au Musée de la Poésie de La Carolina à San Luis et deux de ses récits, ont été publiés par le "San Luis Libro Program". Paraîtra bientôt en Argentine, un roman historique qu'il a écrit.