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Histoires globales, voix locales

|| Metafísica de Buenos Aires

Apuntes para bajar una escalera

Por Vivian Lofiego

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En un edificio de Buenos Aires, la bajada de las escaleras se convierte en un viaje espacio-temporal para uno de sus habitantes.

El año pasado leí un libro extraordinario de Doris Lessing: Memorias de una superviviente. Libro que me dejó tambaleando. La trama de la historia dividida en dos se sitúa en un mundo cuya sociedad está en descomposición. Ella, la narradora, participa y observa al mundo desde su ventana, afuera hay una civilización que ha colapsado. Un mundo que se cae, se desploma. La vida no vale nada. Solo una parte de la población podrá sobrevivir.

Ahora, cuando salgo a hacer la compra diaria me siento una suerte de superviviente. Como la narradora de Lessing atravieso esta experiencia casi metafísica. Este es mi pequeño viaje de quince pisos que me separa de la calle en esta época de pandemia. 

Delante de cada puerta cerrada aguardan los zapatos de sus habitantes. Hay quienes dejan un solo par y otros varios. Desciendo las escaleras desde un piso alto, empinado. Descender hacia el infierno tan temido: la calle. Allí donde aguarda el miedo porque la calle se ha convertido en un abismo peligroso. El mundo camina en puntas de pies. Hombres y mujeres andan enmascarados y no son súper héroes. La boca está tapada, la palabra ha sido escindida en calles y lugares públicos. Camas vacías aguardan a la espera de futuros pacientes. Un clima de post guerra reina en el mundo. Los mayores de 70 deberán quedarse definitivamente en casa. Mundo que se une ahora a causa de un enemigo común, un virus pequeño y con corona. Muchos cuerpos caen y, como en varias tragedias griegas, algunos de esos cuerpos no tendrán siquiera sepultura.

Bajo lento por cada piso. Los hay sin luz, otros con una luz azul espectral. Las evocaciones empiezan a florecer, cada piso inspira su teatro de sombras. 

Al alba desde el Minarete se anunciaba la plegaria. La voz pasaba de mezquita en mezquita al amanecer. Del Minarete el almuédano convocando a la oración. Un canto une a la población, un hilo de rezos se tensan en el cielo mientras el sol asomaba y mis ojos se llenaban de luz. 

Los zapatos reposan en las entradas de los templos. Para ingresar en el recinto se entra con los pies desnudos. La casa, con la peste, se ha vuelto el lugar sagrado, sacratus, el lugar donde se consagra y donde también -según la etimología- se sacrifica. Mujeres y niños viven escenas de violencia irremediables. La libertad quedó sesgada. Un megáfono anuncia cada noche que debes quedarte en tu casa, afuera está el enemigo, un nuevo Minotauro el Covid19 o una nueva Medusa, la peste que azota en el siglo XXI. Y a las 21 horas precisas la gente sale a sus ventanas y aplaude.

Quienes avanzan en busca de una vacuna son los nuevos Teseos y Perseos. Teseo, utilizando a la crédula Ariadna, logró matar al Minotauro que infundía el terror en Creta. Y Perseo, un poco engañado, salió a cortarle la cabeza a Medusa ayudado por ninfas y dioses quienes le brindaron cascos y sandalias aladas. El Minotauro y Medusa fueron vencidos. Igual la sangre siguió corriendo. 

Del piso octavo emana una luz ambarina, hay una puerta entreabierta. Ir más allá de ella sería como traspasar las columnas de Hércules, una puerta abierta es siempre una invitación pero también es pasar un límite y poder quedarse como el pobre Ulises — el que reflejara Dante en su comedia — castigado — para siempre — en el infierno por no querer quedarse en su casa. 

Quienes se quedaban en sus hogares se salvaban del mal. El mal de la tentación, el mal del conocimiento empírico de la vida. 

Daniel Defoe narra en El diario de la peste, peste que azotara Inglaterra, y al mundo entero en 1665. Cuenta la desesperación de hombres, mujeres, niños y personas mayores, ninguno podía estar más allá de la puerta de su casa tras la puesta del sol. La plaga se multiplicaba y cientos de personas morían por día. El joven protagonista decide viajar, no teme porque cree en la protección de dios. Ha leído la Vulgata y allí entre esas páginas siente que está librado su destino, su buena fortuna. Sin embargo alega que no se puede uno enfermar ya que se transforma automáticamente en alguien sospechoso… puede tener el mal, puede ser portador del mal, es el mal. Londres entero lloraba, nos dice con firmeza el narrador. La peste arrasó con cien mil almas, firma el personaje al final del texto, aseverando de este modo que él se ha salvado. Pero no del horror.

Dos pisos están oscuros. El corazón me late con el ritmo de un tambor africano. Cada puerta esconde algo siniestro, en algunas manijas y picaportes han puesto lazos blancos y otros son rojos. No hay ruidos, no sale música, no salen voces. Los vecinos habituales han desaparecido. La sensación es que la ciudad fue devorada por un gran silencio. Nada, ni un mínimo sonido, todo parece suspendido como en un cuadro de las pinturas negras de Goya. Imagino cabezas deformes, padres devorando a sus hijos, dos mujeres y un solo hombre, un aquelarre, viejos comiendo lo que les queda en las alacenas casi vacías. 

En el año 2003 permanecí unos meses en Buenos Aires, en Francia murieron 20 mil personas, viejas personas. No era la peste, era el calor, el cambio climático sorprendiendo a seres frágiles, sin mayores fuerzas caían rendidas como moscas abombadas por la temperatura alta, elevada, última. Las morgues estaban saturadas. En Nueva York hace menos de un mes, crearon camiones que funcionan como morgues ambulantes. En Ecuador vi como incendiaban a los cadáveres en las calles. 

Aclara, voy llegando al entrepiso. Desde las ventanas altas contrastando con los muros de piedra se ve el río. Se confunde con el Sena irrumpiendo en las vastas salas del Louvre. ¿No estaban las escaleras del palacio cubiertas de sangre en el momento de las guerras religiosas? Sangre católica y sangre de hugonotes cubrían las calles parisinas. La San Bartolomé aún se deja entrever, la matanza del 1572 es un fantasma errante buscando refugio. Los gritos del dolor los ponen los poetas en sus páginas y relatos. Exaltaciones, Corte de los Milagros. Desde la torre de la cual Nerval se colgara asoma El desdichado, y al entrecerrar los ojos puedo imaginar los lamentos y los sufrimientos que tapizaron los muros de la ciudad. Aún en los adoquines quedan rastros de sangre antigua, pasada. Sangre que se resiste a desaparecer y que persiste en la energía, en la vitalidad en las entrañas creadoras de nuestra señora, París.

Vuelvo al Louvre y mis ojos se pierden en La peste de Azoth, de Poussin (pintado entre 1630-1631), Poussin nos muestra a un grupo de hombres que van hacia lo imposible, la salvación. Nadie puede huir. El terror, la desolación se imprimen en los rostros estáticos mientras las ratas corren sobre los cuerpos yertos. Poussin, para retratar la peste que castigó durante siete meses a los filisteos se inspiró de la Biblia — del libro de Samuel — y de la peste que desbastó a Milán en 1630. La llamada peste negra. “Teme a los dioses, teme a los castigos divinos”, nos dicen los vulnerables rostros cuya pestilencia trasciende a través de los lienzos. No salimos ilesos cuando entramos dentro de una obra de arte. En La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp de Rembrandt, el cuerpo de un muerto se transforma en fuente de información. Un grupo de cirujanos estudian bajo la sapiencia de Tulp la musculatura de un brazo. Se trata de disecar a un delincuente que murió en la horca cuyo cuerpo sirve ahora a la ciencia y sin saberlo a la historia del arte. Las lecciones de anatomía se hacían en grandes teatros y algunos señores pagaban por formar parte de la escena. Son los cuerpos materia que va hacia la desintegración, pero la materia es corruptible y sagrada. Rembrandt, el gran maestro barroco holandés, en 1632 estampa como si se tratara de una fotografía, el momento del clic frente al cual rostros y expresiones han quedado detenidas, suspendidas. Sabemos que el cuerpo desaparecerá sin demora. Oh materia. Por la misma época y también en Holanda, Baruch Spinoza, en su Ética. Parte III, proclama “nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo”, siglos más tarde el filósofo francés replica” Spinoza trata de mostrar que el cuerpo supera el conocimiento que de él se tiene, y que el pensamiento supera en la misma medida la conciencia que se tiene de él”.

¿ Será que con la presencia de la enfermedad se crea conciencia del cuerpo? En un lugar muy oscuro me detengo, con el corazón acelerado. Soy un poco cada uno de los personajes que me acompañan en estos quince pisos. Habito la fragilidad de este viaje y me asalta Marco Aurelio, y su prepararse para la muerte, viviendo en el instante presente. Mi presente una mínima partícula elemental.

El miedo se vive como se puede, se puede neutralizar, gestionar, anular, pero se materializa de una u otra manera. La puerta se abre hacia la desolada calle del barrio de Palermo. Solo bicicletas con repartidores de comidas enmascarados, mendigos que no tienen donde refugiarse. Algún ser deambulando con una bolsa de compras. Los cartoneros han desaparecido. La policía se pasea controlando.

A lo lejos me parece escuchar las campanadas de bronce que anunciaban el paso de los apestados en la Edad Media. O tal vez sea ese verso célebre de John Donne cuyas campanadas replican en nuestra memoria colectiva.

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Sobre el autor

Vivian Lofiego
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Vivian Lofiego es una escritora y traductora franco-argentina. Vive en Buenos Aires. Sus últimas publicaciones: La sangre de las mariposas (novela). La Vie secrète. Os de seiche (poesía). Denis Salas, Albert Camus : la juste révolte. (traducción).