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Histoires globales, voix locales

Por Diego López de Gomara

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Elles ne se connaissent pas et sont très différentes, pourtant, le confinement aura le même effet chez ces deux voisines : révéler le fantôme enfoui en elles.

Vera no puede consigo misma, le han dicho por todos los medios que se trata de una conducta a evitar y que atenta contra el bien social; y contra su bien personal también. Su sobrina apenas más joven, Lucía, vive actualmente con ella y fue envuelta por la misma lógica, que le llegó de la voz de su tía. Desde que escucharon la noticia sobre el aislamiento social obligatorio, como forma de control de las epidemias desde el Medioevo, lanzado por el Gobierno Nacional, y que podría endurecerse a medida que pasen los días, Vera y su sobrina salen al supermercado durante las tardes con la intención de acopiar alimentos, ante la mirada reprobatoria de otros compradores más modestos, para resistir meses de aislamiento. Las alacenas están llenas, y al ser el departamento chico, deben caminar entre bolsas de supermercado cuando realizan los pequeños deslizamientos domésticos. Paradojalmente, en tiempos de epidemia el alimento las envuelve más que nunca. El temor a la falta del mismo se les aparece ante cada lata de conserva que pareciera contemplarlas. ¿Previsión? ¿O Locura personal, o locura de a dos, o locura de a cuántos?

En otro departamento del mismo edificio -con una estructura enorme de colmena- y muy cercano al de Vera, vive Laura. Es posible que en los tiempos de la libre circulación se cruzaran y mirasen a los ojos furtivamente. O se sonrieran como vecinas educadas, o simplemente nada. Ningún gesto. Solo la anomia de la gran ciudad, el aislamiento social de siempre. 
Sin embargo, Laura, igual que Vera, está angustiada, siente presión en el corazón; las dos comparten el mismo afecto, la misma sensación en sus cuerpos, que universaliza, casi unifica, sus vidas distintas, y que llevó alguna una vez a un gran filosofo a decir todos somos lo mismo ante un simple dolor de muelas.Su hijo de 9 años está con su padre en otra provincia. Menos de 300 kilómetros de distancia los separan. Laura siempre tuvo una buena relación desde que se divorció con Marcelo, el padre de Tomás. Coincidieron en las normas generales y particulares de la crianza del hijo en común, sin disputa alguna durante varios años. Pero cuando leyó la noticia sobre el aislamiento social obligatorio, al mismo tiempo, o segundos después de que lo leyera su vecina Vera, Laura sintió una separación brutal y absoluta entre ella y su hijo; separación a la cual le dio una marca de eternidad, de quebradura y de tiempo detenido. 

Laura se apresuró a llamar a sus amigos y a tratar de conseguir un permiso que avale la excepcionalidad de su situación de “padres separados” para poder transitar entre distritos y provincias e ir a buscar a Tomás en una arremetida automovilística. Mientras tanto Tomás simplemente jugaba a los autitos con su papá, muy dispuesto a prolongar un poco las convivencias ocasionales que tenían y a ayudarlo con las tares virtuales que le enviaba el colegio. La aparición de un real, un acontecimiento inesperado, en pocas horas destruyó en Laura el concepto de diacronía, de deslizamiento, de fluidez y de cambio del estado de las cosas a lo largo del tiempo. La solución debía ser instantánea. No en los próximos días. No producto de un pensamiento reflexivo. Una voz le decía que la distancia física debía ser resuelta sin ninguna demora, ya; más tarde, se dijo, sería nunca. Una de las grandes constelaciones de la niñez más tierna se apoderaba de Laura: la imposibilidad de esperar.

Vera, desde la ventana de su pequeño refugio lleno de alimentos ve pasar corriendo a Laura en la búsqueda de su auto. Ve como deja un pequeño bolso en el baúl y lo cierra con ímpetu, ve como se sienta rápido en el asiento del conductor, ve como cierra la puerta con aún mayor ímpetu, y ve como acelera por demás y pasa un semáforo entre la luz amarilla y la roja. Ve acciones minúsculas de los otros que nunca se detenía a ver. Nunca había evidenciado un placer voyeur. Y finalmente, cuando ya Laura no estaba al alcance de sus ojos, Vera la mira a Laura con la misma mirada reprobatoria con la que ella misma es mirada en el supermercado, tanto por consumidores como por cajeros, cuando llena su carro de alimentos. “¿Cómo sale así? ¿Por qué esa mujer no se refugia? ¡Qué irresponsable! Seguro que no hay nada tan importante que lo justifique.” 

El acontecimiento Covid-19 es de desarrollo fulgurante. Invisible como todo virus, y poderoso desde su invisibilidad, da lugar a todo tipo de razonamiento y de respuestas personales, mediáticas, artísticas y políticas. Algunos ensayan la emotividad y los tonos exaltados; otros el pensamiento cartesiano y descartan todo lo que no provenga de una academia respetable. “La ciencia debe abalar cualquier dicho, busque información confiable”, dicen los medios. Pero ni la ciencia ni los medios, piensa Vera, pudieron anticipar lo que vendría. “Y ahora estoy así”. Laura, por su lado, recuerda mientras maneja lo que decía su prima, la loca astróloga, sobre las catástrofes que sucederían durante el 2020. “Tengo que llamarla y darle la razón”.

Los jóvenes, adultos jóvenes y adultos de mediana edad, en su mayoría inmunes, se piensa y se repite, no quieren poner en riesgo a los mayores; para evitar ese riesgo sacrificarán su tiempo, su trabajo, su economía y el despliegue social y académico de sus hijos pequeños o ya adolescentes. Nadie quiere ser Edipo y matar al padre anciano o no tan anciano. Cualquiera, ante el mínimo descuido, puede hacerlo. Las metáforas del amor y del odio cambian, se reformulan, ahora se cuida a los mayores desde lejos. Vera piensa, que por suerte se pudo despedir de sus padres en un marco sereno. A Laura la buscan, mientras conduce, sus hermanos. “Hay que ocuparse de papá”.

*

Vera, nunca había sido demasiado previsora, más bien vivía al día, llevó su vida con responsabilidad, pero nunca los deberes y obligaciones se transformaron en una cárcel o en una excusa para justificar la existencia. Siempre dijo disfrutar de los paisajes; amaba perderse en caminatas de días por la naturaleza, subirse a trenes y aviones que unen países muy distintos, y andar, sobre todo, ligera. Durante años no le importó dormir cada noche en un sitio diferente. Le gustaba eso que se llama la aventura.El futuro no le interesaba tanto, estaba bien en el momento, le cansaba hacer previsiones, y escuchaba con una gota de sorna a las personas demasiado preocupadas por las cosas puro dispersor- o quizás sí y sean crueles,
pero ya alcanzó su fantasía más profunda, su hueso, su verdad. 

Fantasma y coronavirus: chocaron, colisionaron, pactaron.

 *

Nunca Vera pasó hambre, nunca, para transformarse en acopiadora; tampoco sus padres; sí, sus abuelos y bisabuelos en otro continente y otros tiempos; y durante una guerra donde bombas caían, estallaban, rompían edificios y despedazaban cuerpos. Una voz escuchada en su infancia resurge, Vera no la escucha ni la registra ahora, pero ahí está generando efectos: “Tu bisabuela mordía el cuero de los zapatos. Eso era el hambre. Eso”. 

Por otro lado, Laura nunca había sido osada, y mucho menos heroica o pseudo-heroica, pensaba mucho antes de actuar, quería garantías, previsión y contención. Siempre siguió las reglas y le daba inquietud moverse sola. Se había separado de Marcelo porque no aguantaba “su deseo de mundo”. Los bisabuelos de Laura habían inmigrado a Sudamérica desde Italia, eran tiempos de una Europa pobre y de una región lejana y prometedora (la Argentina) llena de vacas y alimentos. Pero las despedidas familiares en ese entonces no significaron para ninguno de los cuatro migrantes separaciones prolongadas, sino sufrimientos y despedidas para siempre. La mitología familiar estaba inserta en ella, y a partir del Covid-19 se le materializaba casi como una copia exacta a través de papel de calcar. Ni océanos ni barcos lentos, sino unos kilómetros y un virus parecían separarla para siempre de su hijo. Internet, y otros logros de la civilización, no servirían para acortar momentáneamente las distancias.

Un imprevisto, que muestra lo transitorio y el cambio permanente del estado de las cosas, de manera paradójica actualiza o hace salir a la luz el tiempo detenido o eterno del interior de Laura. Mientras el coronavirus avanza con efectos desconocidos, la naturaleza está floreciendo, Laura solo puede ver un fantasma personal de separación, despedida y ruptura definitiva de vínculos. Fantasma que la tomó desde niña y que no se basó en sus vivencias sino en las de otras personas que la antecedieron.

Su fantasma reavivado por la peste implicará una transgresión o excepción innecesaria y de riesgo social, ante el caso de un niño que podía tranquilamente pasar unos días más con su padre hasta que las aguas de la realidad se aclaren. Ella necesitó, sintiéndose una heroína, hacer lo que otros que la antecedieron no pudieron hacer: ir, reencontrar, recuperar, volver. (Laura no venció el coronavirus, se puso en riesgo, se precipitó, le transmitió ansiedad a su hijo, se peleó con su ex marido. Pero quebró una vivencia familiar antigua. ¿En vano?)

En el mito aflorado de cada cual, Laura se pareció a Vera (temeraria entonces, ahora acopiadora) y Vera se asemejó a Laura (sensata y obediente entonces, ahora intrépida).
El mito individual es de origen social y transpersonal; las vivencias de los otros en nosotros se activan y se reproducen ante el puro futuro. ¿Qué puede aportar el miedo, el miedo de nuestros antepasados, ante nuestro propio miedo? Junto con la pandemia los anacronismos invaden el planeta.
Mientras el mundo está conmovido por el Covid-19, y su sorpresa, y se analiza cuáles pueden ser los mejores barbijos para contrarrestarlo, y cómo reconvertir la maquinaria industrial para hacer respiradores a gran velocidad, Vera solo puede ver un fantasma de hambre. El fantasma del hambre la tomó desde niña, se le infiltró a través de las palabras familiares, y había quedado allí latiendo en silencio. No conocía su intruso que ahora le da una identidad de acopiadora; como a Laura a quien las despedidas olvidadas de sus antepasados con sus propios antepasados la transforman ahora en temeraria. A diferencia del Covid-19, virus ARN que luego de producir su estrago no queda en el organismo para siempre, la voz escuchada en la infancia se parece a un virus ADN que una vez que alcanzó un organismo queda allí en latencia.
Vera y Laura son casos singulares, que muestran una reacción general a los acontecimientos imprevistos. 

Una crisis, su irrupción, significa en la mayoría de los humanos un retroceso a sus pensamientos más antiguos y más dejados de lado en la biblioteca de los recuerdos. Algo así como un hombre entrado en años que ante una separación amorosa sufrida e imprevista buscara en una antigua agenda el contacto de su primera novia; incluso si ella en ese entonces lo hubiese destruido. Lo más ignoto e incierto llama a lo más antiguo, al mito personal. Extraño contacto del futuro menos pensado con el pasado más asentado. Hay como una vuelta cósmica. 

La peste, las epidemias y pandemias, alcanzan con la velocidad del rayo está lógica: unen lo incierto del devenir con lo más ancestral. 

*

Cuarentenas. Cuarentenas intermitentes, Cuarentenas sucesivas, cuarentenas parciales. Los trabajos, el tiempo, la actividad física y el espacio se abren y se cierran como un acordeón. Por las redes sociales circulan las profecías, bastante contradictorias, de las mega-estrellas de la sociología y la filosofía. Un amigo en común se las reenviará a Vera y a Laura durante toda la crisis. Ellas no tomarán posición, ni mostrarán interés, ante palabras tan enormes. La encargada del edificio donde viven, una mujer muy anodina que ahora se transforma en el sostén de muchos, piensa muy distinto que las mega-estrellas. Vera, Laura y otros vecinos la escucharán con atención y respeto durante meses, desde dos metros de distancia. La mujer dice que hay que esperar, todavía no se sabe si caerá el capitalismo y avanzará el humanismo, ni si será el tiempo de las derechas y los totalitarismos. Tampoco cree que los niños estén condenados a llegar a viejos solo interactuando con pantallas. No hagamos sensacionalismos, le dirá a toda persona que entre o salga del edificio, aún no está escrita la sinfonía del nuevo mundo. Se trata solo de un cambio de ritmo. Hay que bailar distinto. Y con mucho contrapunto.

Vera y Laura escuchan música antes de dormir, automáticamente mueven sus cuerpos como siempre los movieron.

*

Mientras los matemáticos en biología y los científicos sociales, fabrican nuevos modelos racionales, para asimilar el nuevo fenómeno de la manera menos deletérea posible, la mayoría de los seres humanos responden a las nuevas pestes con su antigüedad, con su mito personal. Igual, este es un puro tapón. El fantasma nos muestra una antigua historia desordenada; es una secuencia de información de viejas almas que ya no están, pero que subsiste sin otro sentido que replicarse en almas nuevas. Los fantasmas necesitan que un cuerpo los acoja para no desaparecer. Sí, el fantasma es casi igual a un virus. ¿Tiene vida o no tiene vida? Es invisible y también nos llegó y contagió desde una boca que nos habló. Una boca, muchas veces incauta, que ni sabía lo que transmitía. Una boca, en general, llena de buenas intenciones. “¿Recordás bien qué te dijo, quién te lo dijo, cómo te lo dijo, de dónde llegó el contagio? ¿Lo recordás Vera, lo recordás Laura, lo recordás vos?” A diferencia del virus el fantasma no consigue su efecto a los pocos días, su tiempo de incubación es muy prolongado. Tampoco contagia a pocos o a muchos, siempre contagia a todos. Se teme el aislamiento social, mucho, conlleva un interrogante; para limitarlo se tose en los medios de comunicación de manera compulsiva. (Vera y Laura habitualmente tienen ganas de toser, retorna la dama de las camelias, si no es el virus el gesto de moda ya las conquistó; y el cuerpo comenzó a hablarles.) Se expresan miedos, chistes, consejos, recetas de vida por doquier. Se insta a llamar a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los familiares y a los antiguos conocidos. ¡Qué nadie se sienta solo en estos días! Hay que combatir la depresión. Hasta el más solitario y olvidado será muy acompañado. La comunicación estalla, es invasiva, no deja un segundo libre. Saca el aire. Asfixia. A igual que el virus, o más aún, hay algo que debe ser evitado, cómo sea, cualquier medio es pertinente, es una pregunta, la pregunta: “¿qué soy?” la question : « Que suis-je ? »   

La epidemiología invade el cuerpo social, es pandémica, es el objeto de interés común, hoy la ciencia de excelencia ante la cual todos se inclinan. Dadas las cosas, sin ella ninguna otra ciencia existiría. Vera pasa horas escuchando los análisis que hacen los especialistas en infectología mientras lava por tercera vez los productos acopiados; Laura escucha al epidemiólogo famoso de los medios mientras conduce entre provincias mostrando su permiso de tránsito. Sin embargo, lo que escuchan no las impacta. Vera y Laura están tomadas por un tiempo viejo interno que no termina de pasar. Sí, cumplen, superficialmente, con las nuevas convenciones.
Al llegar Laura de su viaje con su hijo-rescatado, se cruza en un pasillo con Vera. Si se tenían que reconocer no se reconocen. Los tres usan barbijo, no se quiere mostrar la nueva zona prohibida, obscena, temida: la cara.   

Fantasma, andate.

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Sobre el autor

Diego López de Gomara
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Diego López de Gomara nació en Buenos Aires. Es médico psiquiatra y psicoanalista. Entre otros libros y artículos publicó las novelas Patria paria (Grupo editor latinoamericano) y La mujer escrita (Grupo editor latinoamericano).